Destinos comunitarios y sustentables

(Por Claudio Salvador). Las motivaciones del viajero serán diferentes en los tiempos que vienen después de la pandemia, donde también la oferta deberá adaptarse a las nuevas exigencias del mercado y las cadenas de valor tendrán que reconstruirse para atender la demanda de experiencias en espacios amplios y de preferencia al aire libre y así tal vez, más por la coyuntura que por una decisión política en este nuevo escenario, la oferta de Turismo Rural Comunitario y Turismo Indígena ocupará un lugar preponderante por su proximidad con el viajero, con su trato tan cercano y directo.

Las comunidades rurales o indígenas de Latinoamérica se desenvuelven en contextos muy diferentes, lo que obviamente origina procesos disímiles pero siempre con el común denominador de marchas y contramarchas relacionadas a factores internos y externos que por un lado, impactan positivamente en el proceso de desarrollo, pero que al mismo tiempo perturban la implementación de un orden económico virtuoso donde se refleje la identidad tradicional de los pueblos con su compromiso por respetar el patrimonio material e inmaterial, objeto de las propuestas turísticas.

Justamente por su calificativo de comunitario, esta modalidad de turismo persigue otros intereses que contrastan con la mera reproducción de capital, propia del turismo convencional, masivo o extractivista, que predomina en los territorios identificados como destinos únicos. La crisis de final abierto generada por el Covid-19 obliga a analizar en detalle las nuevas motivaciones de viajeros y anfitriones de base comunitaria. Los anfitriones que decidan iniciar o continuar con la prestación de servicios turísticos y el desarrollo de nuevas actividades que favorezcan a la comunidad, lo harán sostenidos en su concepción integral sobre el valor que representa su propio estilo de vida, sus relaciones humanas y su entorno ambiental y social. Por su parte, los turistas que elijan esta manera de viajar requerirán experiencias que les aseguren bienestar integral, debido a que a la renovada percepción del riesgo comienza a ser un factor fundamental y prioritario antes que la gratificación paisajística, la interacción con los anfitriones o los beneficios de participar en actividades sanadoras. La nueva seguridad requerida será físico-emocional porque el sistema inmunológico del viajero ya es parte de la pandemia y por tanto, de la demanda

Este turismo participativo con identidad se complementa recíprocamente con el paisaje escénico. Representa hoy más que nunca una oportunidad para innovar en las ofertas territoriales y superar, con nuevas propuestas creativas, la etapa mesetaria -ralentizada en la comodidad- a la que nos tenía acostumbrados el convencionalismo turístico de las últimas décadas.

Prefiero no hablar de una revolución de los viajes, aunque ante los sucesos inesperados de la pandemia sería deseable que ocurriera un cambio radical en el ser y hacer del turismo. Escribo hoy desde una nueva realidad, que empuja la construcción de una normalidad responsable y consciente en el futuro de los viajes. La ―industria‖ seguirá produciendo paquetes estandarizados de consumo turístico para una demanda que tal vez se modifique, pero también seguirá proponiendo respuestas que – aun siendo convencionales -, tal vez incorporen por necesidad sino por convicción, una oferta enriquecida por la base patrimonial de cada comunidad.

¿Cómo enfrentarán las comunidades rurales y los emprendimientos indígenas los desafíos de la post pandemia? Aquellos que aún no han consolidado su relación con el mercado, ¿cómo harán para hacerlo en las nuevas condiciones y de qué manera asumirán los costos que les permitirán acceder a los protocolos, herramientas y otras inversiones para continuar su camino de autogestión y evitar una regresión en sus procesos que los devuelva a la dependencia del capitalismo empresarial que venían atravesando?

Superada la conmoción que nos provoca ―el cisne negro‖, otros segmentos del turismo se fortalecerán en la búsqueda de experiencias novedosas, saludables y respetuosas de los entornos sociales y ambientales en los que se desenvuelve el turismo hoy más que nunca entendido desde la sustentabilidad social, económica y ambiental.

Las tantas veces proclamadas gobernanzas tendrán que comenzar a funcionar con mecanismos que garanticen un verdadero consenso, demostrando al fin, que son espacios puestos al servicio de un bien común y evitando las supremacías sectoriales, recurrentemente vinculadas con el poder político y económico –o económico-político-, como tristemente ocurre en nuestros países.

El desarrollo sustentable sólo puede darse con éxito a través de una gobernanza eficiente, enmarcada ésta en una normativa apropiada que comprenda a todas las culturas involucradas. La perspectiva intercultural es un requisito para el diseño de nuevos marcos regulatorios. A las garantías que confiera la política pública para esta modalidad del turismo debe sumarse, en el caso de las naciones originarias que la emprendan, el respeto por las leyes consuetudinarias, el derecho especial y los convenios internacionales con rango constitucional en cada país.

En esta nueva construcción de territorialidad turística y encadenamiento productivo, la turismofagia estará en el foco y las comunidades deberán neutralizarla con instrumentos respetuosos e interculturales, concebidos en espacios de consenso y consulta previa cuando el caso lo requiera (Convenio 169 OIT), evitando que muchos agentes del mercado – afortunadamente no todos -, se apoderen sin escrúpulos de los emprendimientos vulnerables que resulten víctimas de la siguiente pandemia, que sin dudas es la económica.

No puedo afirmar que este artículo sea un aporte sustancial a la Turismología. Parece ser que los románticos de la pre pandemia, entre los que me incluyo, somos las voces autorizadas de hoy aunque no lo hayamos pedido. Aquellos que nunca subordinamos los principios y las motivaciones que movilizan a los viajeros de un Turismo más humanizado, que ahora seamos consultados para verter nuestras opiniones es, sin dudas, un signo de cambio real.

Sí, les aseguro que este aporte nace de la reflexión consciente basada en la experiencia de muchos años sobre un problema estructural del mercado turístico cuyas causas y efectos se ven ahora agravados por una escalofriante crisis, inesperada y abrupta. Me coloco en la base de un árbol de soluciones en el que el saber empírico se considera como un nutriente de propuestas robustas para ese turismo humanizado.

Finalmente, como experto viajero, amante del turismo comunitario, me permito agregar un interrogante cuya respuesta dejo en manos de los responsables de la política pública en cada territorio: ¿cuál es el perfil del turismo que se pretende reactivar una vez alejadas las amenazas de la pandemia?

Claudio Salvador – Docente y Consultor – Foto ilustrativa de Eduardo Viera.

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